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De Valpo a Santiago

Una nueva columna sobre tema denso… gracias a los que me han comentado que leen, y que critican que son muy largas. Lo siento, pero cuesta eliminar palabras

Congreso_NacionalPor estos días suena con fuerza una profunda reforma constitucional -impulsada tanto por Piñera como por Frei – que permitiría que parlamentarios puedan ejercer como ministros, lo que sería una verdadera revolución en nuestro sistema político.

Mucho se ha escrito al respecto, como una columna publicada por Ena Von Baer y Sebastián Soto en El Mercurio el pasado 24 de diciembre de 2008, y hay buenas razones tanto para apoyar la iniciativa como para oponerse. Se habla de ministros mejor preparados para preparar leyes y discutirlas en las Comisiones en el Congreso, pero al mismo tiempo, de un atropello a la separación de poderes y de una desbalanceada influencia en favor del Ejecutivo.

Sin embargo, hasta donde tengo entendido, la idea que prima no es la de los sistemas parlamentarios, en que un político puede ser congresista y ministro al mismo tiempo, sino algo distinto: el plan es que el Presidente pueda nombrar como ministros a quienes actualmente se desempeñan como diputados o senadores, los que deberán congelar su participación en el parlamento hasta que dejen su cargo en el Ejecutivo. Y claro, por mientras, el partido al cual pertenece el parlamentario-ministro nombra a un reemplazante transitorio.

Según este esquema, podemos tener la tranquilidad de que la separación de poderes y nuestro sistema presidencialista seguirán asegurados. Bien por ellos. Sin embargo, una medida como esta atenta contra la legitimidad y democratización del Congreso: ya hemos visto lo antidemocrático que resulta la norma que establece que el partido político nombre a un diputado o senador cuando éste fallece, pues tiene la más amplia facultad, y no está obligado a respetar la voluntad o idiosincrasia de la zona que eligió originalmente a ese parlamentario. Bueno, con esta nueva norma, el Congreso pasa a ser cada vez más un cuerpo de representación de los partidos, y menos de la ciudadanía.

No es que no crea en los partidos políticos; al contrario, milito en uno hace varios años y creo que son una gran herramienta como forma de ejercer el poder político. Pero no por eso podemos pasar a llevar la soberanía popular, piedra angular del Poder Legislativo. Entregar la libertad de elegir miembros del Congreso a un partido, a su entera discreción, atenta contra la transparencia y agilidad de un sistema político que se debe renovar constantemente y con urgencia. Esto nunca se nos debe olvidar, especialmente si consideramos que hoy en día -cada vez con más fuerza- la gente vota más por personas que por partidos.