Hasta ahora, la “cultura” ha sido bastión incuestionable de la izquierda. Basándose en un discurso anacrónico, lánguido y falto de argumentos, la izquierda -en sus dos versiones: extraparlamentaria y concertacionista- se ha autoproclamado el único sector capaz de dar sustento al arte, la historia y la filosofía, y ha visto en ellos una reserva moral inexpugnable. Y con algo de razón: mayormente, la Alianza no ha realizado esfuerzos en demostrar lo contrario.
Sin embargo, está comenzando a armarse un -todavía incipiente- movimiento que pretende revertir esto: en los últimos meses hemos visto distintas “señales” como la cercanía entre Lavín y Vasco Moulián, los lúcidos comentarios de Cristián Warnken, o el interés del actor y empresario cultural Luciano Cruz-Coke por tender lazos entre la Alianza y un gremio que -supuestamente- es ajeno a este sector. Asimismo, en pocos meses más veremos los frutos de los valiosos aportes que Roberto Ampuero se encuentra haciendo en el programa de gobierno de Piñera, y que conllevan reformas tan revolucionarias como cambiar la estructura del Fondart para hacerla más real y participativa, aprender del ejemplo de las grandes capitales culturales como Barcelona, Chicago o Londres, y abrirle la puerta a “adversarios políticos” como De la Parra, Skármeta, Jorge Edwards y otros (cosa que Piñera ya ha hecho).
La tesis es una sola: la Concertación se ha farreado dos décadas de desarrollo cultural. Mucha casa de vidrio, mucho festival al aire libre, mucha obra de arte transgresora, pero a la postre, muy poco que permanezca en el patrimonio cultural. Ahí es donde entra Ampuero, escritor de fama internacional, comunista en su juventud y un liberal en la actualidad: desilusionado por un despilfarro de platas y actividades culturales sin norte, Ampuero ha visto en Piñera una alternativa seria, con contenido y proyección para que la cultura en Chile despegue. Y es que el legado intelectual de nuestro país es grande, pero nuestros gobernantes no lo han sabido bajar a la sociedad, y nuestros músicos, literatos y artistas plásticos terminan siendo más valorados afuera que acá. La prueba más fehaciente fue la triste confusión -por parte de una animadora- con Chespirito, ante la noticia de que Roberto Bolaños había muerto.
Algunos dirán que la gran piedra de tope de Piñera serán las bases de la cultura, los artistas, pues están comprometidos con la izquierda. No estoy de acuerdo: como Vocal de Cultura de una Feuc gremialista (¡!) me acerqué a numerosos colectivos culturales, invitándolos a mostrar sus propuestas ante la comunidad UC, y la respuesta fue siempre positiva: los artistas sólo buscan un espacio para mostrar su obra.
Por todo esto creo que uno de los grandes cambios que vienen tiene que ver con la desideologización de la cultura. Se acabaron los tiempos de Mary Rose McGill y los Huasos Quincheros. Es la revolución copernicana de la que habla Ampuero, y que se explica en su frase: “Si el país le exigió a la izquierda ser responsables en política económica, ¿por qué no se iba a esperar de la centroderecha que se preocupase seriamente de la cultura?”